El despertador suena. Y vuelve a sonar. Y suena una tercera vez. Cinco alarmas en total son necesarias para que mi cuerpo reaccione y salga de la cama, siempre con esa batalla interna entre el cansancio y la obligación. Son las ocho y media o quizás las nueve cuando finalmente logro levantarme, arrastrando los pies hasta la cocina.
Abro el refrigerador, tomo un pan normal, le pongo queso y lo caliento en el microondas. Nada elaborado, solo lo necesario para empezar. Lo acompaño con un vaso de leche con chocolate, fría y dulce, que me ayuda a despertar del todo. Ese desayuno sencillo pero reconfortante se convierte en el combustible para enfrentar el día.
Si el tiempo lo permite, antes de la ducha paso por el negocio de mis abuelos. Ellos ya están trabajando desde temprano, y aunque solo pueda ayudar unos minutos, cada pequeña tarea cuenta. Luego, el agua caliente de la ducha me despeja por completo. Me pongo la primera ropa que encuentro —sin mucho criterio, solo que esté limpia—, preparo la mochila con lo necesario y salgo rumbo a clases. El día comienza realmente cuando cruzo la puerta de la calle.
La tarde la paso principalmente en el Duoc. Entre clases y más clases, el almuerzo se convierte en un momento sagrado: abrir el tupper con la comida que preparé la noche anterior y compartir ese rato con los compañeros. Si hay un hueco entre ramos, nos reunimos alrededor de la mesa de ping pong. Es increíble cómo unas partidas rápidas pueden despejar la mente y llenar el ambiente de risas y competencia amistosa.
Cuando el profesor comienza la clase, saco mis audífonos y conecto mi música favorita. No es distracción, es mi método. La melodía de fondo me ayuda a concentrarme, a filtrar el ruido ambiente y a fijar la atención en lo que explica. Así, entre apuntes, música y la energía del campus, la tarde transcurre sin que me dé cuenta. El ping pong, las risas y las clases se mezclan en un ritmo que ya conozco bien.
Llego a casa entre las siete y las ocho de la noche. El cansancio comienza a hacerse sentir, pero aún hay cosas que hacer. Ayudo un poco en la casa, lo que sea necesario, y luego me refugio en mi cuarto. Es mi espacio, mi lugar seguro. Me echo en la cama, abro el cuaderno o la laptop y adelanto algunas tareas pendientes. No es mucho, pero cada avance cuenta.
Luego, toca preparar el almuerzo para el día siguiente: arroz, pollo, lo que haya en la cocina. Es una rutina que se repite casi sin pensar. Y cuando todo está listo, llega el momento de desconectar. Abro YouTube y veo algunos videos, sin rumbo fijo, hasta que el sueño me gana. A veces me quedo dormido con el celular en la mano, con el brillo de la pantalla iluminando la habitación. Así terminan mis días de semana: entre tareas, comida y videos, antes de que el ciclo comience de nuevo.
Los fines de semana tienen un ritmo distinto. La rutina de despertar es similar, pero en lugar de ir al Duoc, me quedo en el negocio de mis abuelos. Y no son tareas livianas: reponer botellas, arreglar muebles, mover máquinas pesadas que requieren fuerza y paciencia. Es trabajo físico, cansador, pero también gratificante. Ver el negocio funcionar gracias al esfuerzo de todos me llena de orgullo.
Vivo con mis padres, mis abuelos paternos y mi hermana mayor, que me supera por seis años. Pero entre semana apenas los veo: ellos siempre están trabajando, cada uno con sus propias responsabilidades. Los fines de semana, sin embargo, el negocio nos reúne, aunque sea por unas horas. Esa conexión, breve pero real, es lo que hace que el esfuerzo valga la pena. La familia se construye en esos pequeños momentos compartidos.
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